Bio

Cronología de Pepe Fernández por Ernesto Montequin

 
Fotógrafo mítico, pianista vocacional, memorialista secreto, Pepe Fernández fue mucho más que la suma de sus partes. Quienes lo conocieron nunca dejaron de celebrar su humor irreverente y vital, su cálida inteligencia, su rara capacidad para hacer de la amistad un arte mayor. Era apenas un adolescente melómano de Ramos Mejía cuando esos atributos le abrieron las puertas del ambiente cultural de Buenos Aires donde forjó lazos de afecto y de fascinación recíproca con algunas de sus figuras más singulares y disímiles, como J.R. Wilcock y Alberto Greco, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, que lo invitaron por primera vez a Europa en 1954, Manuel Mujica Lainez o María Elena Walsh, que le dedicó la “Zamba para Pepe” en 1968, cuando llevaba cinco años de vida bohemia en París. El relato de sus aventuras en la capital francesa, narrado en sus cartas y diarios inéditos con esa gracia natural tan elogiada por sus amigos escritores, es una suerte de crónica alegre y escandalosa de un mundo extinguido


1928
José María “Pepe” Fernández nace el 16 de diciembre en Buenos Aires, en el barrio de Flores. Es el segundo hijo de un matrimonio de españoles afincados en la Argentina desde hace largos años.  Su padre, Higinio Fernández, es corrector de Crítica, el diario dirigido por Natalio Botana que fundó el periodismo moderno en la Argentina y en el que colaboraron Roberto Arlt, Raúl González Tuñón y Jorge Luis Borges, entre muchos otros.  Su madre, María Antonia Enriori, es maestra de escuela.

Dos años antes había nacido su única hermana, Nela, que será su cómplice y confidente durante toda su vida.

1940-1944
A los doce o trece años nace su afición por la lectura: “Mi padre nos daba de vez en cuando una suma de dinero con la que podíamos comprar diez o quince libros, y así leímos Stefan Zweig, Herman Hesse, Oscar Wilde, George Bernard Shaw, Chesterton”.
Simultáneamente, los dos hermanos empiezan sus estudios de piano con Helena Larrieu, importante pianista de la época, amiga de Pablo Casals y de Manuel de Falla y una de las fundadoras del primer conjunto de cámara del Teatro Colón.

1945
Una tarde de abril, al salir del Teatro Colón en compañía de su hermana Nela y de Helena Larrieu, conoce a Juan Rodolfo Wilcock, por entonces joven poeta y traductor de veintiséis años, colaborador asiduo de Sur y enfant terrible del ambiente cultural de Buenos Aires.  “[Wilcock] hablaba cinco o seis idiomas corrientemente --escribió Pepe años más tarde--. Para mí, él sabía todo y lo admiraba, aunque sin complejo de inferioridad. Yo quería aprender, gozar a veces hasta las lágrimas escuchando música. Me hablaba de su pasión por James Joyce, Marcel Proust y me recitaba de memoria poemas de Keats, Byron, Verlaine, Rimbaud...”
Ese encuentro providencial le abrirá las puertas de la élite intelectual y musical de la ciudad.
“Él [Wilcock] empezó a hablarme, desde el primer día de nuestra relación, de sus tres amigos preferidos: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y su mujer Silvina Ocampo, hermana de Victoria. Comía casi todas las noches con Borges en lo de los Bioy Casares, pero era Silvina su cómplice inseparable. Todas las tardes la llamaba una o dos veces por teléfono diciéndole que estaba conmigo. ‘Un día la conocerás, cuando lo merezcas’, me dijo.”
Poco después, se produce otro encuentro decisivo: la poeta Sara Reboul la presenta a Alberto Greco –“poeta, pintor, vidente”-- y juntos empiezan a frecuentar la confitería Jockey Club, en la esquina de Florida y Viamonte, reducto de la bohemia artística de la época: “Manuel ‘Manucho’ Mujica Lainez presidía una mesa todas las tardes en el café, y Greco y yo, entre otros, gozábamos del privilegio de compartirla. Cuando Greco no estaba, Mujica Lainez me decía: ‘Cómo podés soportarlo... yo lo adoro’. Al llegar ‘el niño terrible’, el famoso escritor, monóculo en mano, exclamaba: ‘Sentate Greco, sos un horror indispensable’”.

1946
Durante los ensayos en el Teatro del Pueblo de La trágica historia del Doctor Fausto, de Christopher Marlowe, en traducción de Wilcock, conoce a Silvina Ocampo, Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges: “Silvina estaba envuelta en un abrigo de piel de tigre con el gran cuello levantado. Tenía unos cuarenta y cinco años y me miraba sonriendo apenas, intimidada. Ojos azules, verdes, pardos... Yo, como siempre, levitaba, sobrio, ocultando mi terror. Johnny [Wilcock] me dijo después: ‘Creo que hiciste buena impresión’. Bioy Casares, trece años más joven que Silvina, fue encantador, deslumbrante de belleza. Borges todavía no era completamente ciego?”.

1947
La familia deja la casa en Flores y se muda una pequeña casa en Avellaneda 242, Ramos Mejía. Allí los hermanos Fernández organizan sus tertulias de los domingos,  en las que confluyen músicos, artistas y escritores de varias generaciones, como Wilcock, Greco, Mujica Lainez, Ernesto Schoó, Héctor Bianciotti, y Grete Stern, entre muchos otros.
En octubre de ese mismo año tiene lugar otro encuentro determinante:Cerca de mi casa [en Ramos Mejía] vivía una chica muy joven a quien, con mi hermana, llamábamos ‘la inglesita’. Yo la seguí a veces en bicicleta, sin que ella lo advirtiera […] Un día vi, en la vitrina de la única librería del barrio, su fotografía y varios ejemplares de un libro de poemas, Otoño imperdonable, que acababa de publicar. […] Compré el libro, mudo de sorpresa. El librero […] me dijo: ‘Atención, ¡es una inmensa poeta, y tiene 18 años!’ Volví a casa, lo leí sin respirar y le escribí una carta. Ella me respondió, y un día, mi gran amiga Sara Reboul, la llamó sin conocerla personalmente y ‘me la trajo de regalo’. Se llamaba María Elena Walsh”.
A partir de entonces, la poeta de dieciocho años y el pianista de diecinueve se vuelven inseparables. Juntos hacen largas excursiones en bicicleta, lejos de los confines de Ramos Mejía.

1948
Comienza a llevar un diario personal, costumbre que mantendrá, con algunas intermitencias, hasta mediados de la década de 1960.

1949
Invitada por el poeta español Juan Ramón Jiménez y por su mujer, Zenobia Camprubí, María Elena Walsh parte en enero a Estados Unidos donde permanece seis meses. Durante ese lapso, mantiene una intensa correspondencia con Pepe,  que cumple su servicio militar en Azul (provincia de Buenos Aires).

1951
Luego de un breve período en que deben trasladarse a un departamento del barrio de Floresta, la familia se muda definitivamente a Ramón Lista 846, en Ramos Mejía, donde continúan las ya célebres tertulias de los domingos.
Poco después, debuta en público como pianista: “Helena Larrieu organizó un concierto en el Teatro Empire, donde toqué el primer piano del concierto para tres pianos y orquesta de Cámara de Bach. Para los demás fue un éxito, pero al terminar volví sólo al camarín y mirándome en un espejo me dije: ‘¡Nunca más!’. Continuaría estudiando, pero sin ser un genio, nada de hacer el monigote en escena. Era tan adepto al rigor como al chocolate”.

1952
En noviembre, María Elena Walsh deja la Argentina y luego de un periplo por América Central se establece en París. Allí forma el dúo musical “Leda y María” con la poeta tucumana Leda Valladares. Juntas reinterpretan canciones del folklore del noroeste argentino en boîtes y cabarets.  En sus cartas, muchas de ellas firmadas con su sobrenombre familiar (“Polilla”), no deja de incitar a su amigo a viajar a la capital francesa.
Por su parte, Pepe abandona sus clases con Helena Larrieu y empieza a estudiar con Enrique Baremboim,  padre Daniel, “que entonces tenía siete años y era un pequeño genio pianístico. Me esperaba siempre impaciente para improvisar a cuatro manos, pero yo no alcanzaba a seguirlo y eso lo divertía, provocándome con frecuentes cambios de tonalidades”. También toma lecciones con “la increíble Martha Bronstein, quien secundaba a Scaramuzza, el maestro de Bruno Gelber y de Martha Argerich”.

1953
Agobiado por la situación política durante la segunda presidencia de Perón, Wilcock deja el país para radicarse en Londres. En la despedida de sus amigos en el puerto de Buenos Aires, Pepe se reencuentra con Silvina Ocampo. “Los muelles estaban desiertos, y desde lejos, una mujer sola nos miraba. Johnny [Wilcock], ya en cubierta, me gritó: ‘Es Silvina, andá a buscarla’. Se hizo un gran silencio en el grupo, fui hacia ella y la conduje de la mano. Siendo el único que la conocía, además de Johnny, la presenté balbuceando. […] Se despidió riéndose y sin cesar de llorar. La acompañé hasta su auto donde el chofer la esperaba solemne pero afectuoso, tendiéndole un pañuelo blanco inmaculado. Silvina me lo presentó y al besarme me dijo en secreto: ‘Llamame, no me dejes sola’”.

1954
Frecuenta asiduamente la casa de los Bioy: “Voy casi a diario y le ayudo a corregir [la obra de teatro] Los Traidores, de ella y de Wilcock. Somos muy amigos y hablamos mucho de nosotros y de la gente, por la que sentimos la misma pasión. Bioy es encantador conmigo y cuando estamos los tres solos nos divertimos mucho, luego me llevan en auto a Once […] Muchas veces está Borges trabajando con Adolfito y yo con Silvina; nos encontramos en la cena y a veces me divierto durante la comida cuando Borges está muy ingenioso, pero si no lo está habla lo mismo y es terrible. […] En cambio, Silvina es siempre la misma, para mí es la más inteligente. No termino nunca de asombrarme, además estar con ella es reírse y reírse. Se apasiona por la gente. Quiere que vaya todos los días y se enoja si no voy.”
Entretanto, las cartas de María Elena Walsh y de Wilcock desde Europa siguen incitándolo a emprender el viaje. Planea tomar el barco en compañía de Alberto Greco, pero el proyecto no se realiza.
Finalmente, los Bioy le anuncian que viajarán a Europa en junio: “Silvina insistía en que fuera con ellos, pero ¿cómo?, yo no tenía ni un centavo y no quería pedirle a mis padres a quienes no le sobraba el dinero... Por fin, una noche debía ir al teatro con los Bioy a ver la primera función del Piccolo Teatro de Milán, el Julio César de Shakespeare. […] Adolfito llegó sin Silvina, que no se sentía bien. Al encontrarme me dio un sobre cerrado de parte de Silvina, ‘para comprar tu pasaje’, me dijo. Dejé de respirar, el tiempo se detuvo o se aceleró. Habría querido llorar, pero me contuve en aquel vestíbulo lleno de gente. Entonces me dio un ataque de risa, como siempre que me sucede algo feliz o muy grave […] Al día siguiente fui a ver a Silvina. Me prohibió que le anunciara mi viaje a Johnny [Wilcock], para darle una sorpresa. No logré obtener mi pasaporte a tiempo y los Bioy partieron en el barco inglés Andes. Yo me fui tres semanas más tarde en el barco francés Louis Lumière, el 16 de julio de 1954.
”[…] El 5 de agosto llegué a París, donde me esperaban los Bioy, María Elena Walsh y Leda Valladares que habían formado un dúo folklórico cantando en las más famosas ‘boîtes’ de Saint-Germain des Prés, Julio Cortazar y Lalo Schiffrin, quien sería el célebre pianista de Dizzy Gillespie […].”
Pasa varias semanas con Silvina Ocampo en la campiña inglesa donde se reencuentra con Wilcock. Finalmente, cuando se acerca la fecha de regreso de los Bioy a Buenos Aires, decide quedarse en París, “diciéndole adiós a mi tristeza por la separación y con la alegría de iniciar una nueva vida, dispuesto a buscar trabajo inmediatamente”.

1955
Agotados sus recursos, subsiste gracias a la ayuda de María Elena Walsh y Leda Valladares. Conoce a Julio Cortazar y Aurora Bernárdez, que le prestan un abrigo forrado en piel de cordero para pasar el invierno. Mientras deambula por las calles parisienses, tiene otro reencuentro providencial: “Una noche, un poco melancólico, mirando el Sena desde el Pont des Arts, alguien se puso a mi lado diciéndome: ‘Te invito con un café, empieza a hacer frío’. Era Greco. Nos miramos y nos abrazamos, comimos espaguetis en La Volière, Rue de Buci y tomamos litros de café en los bares de Saint-Germain des Prés. Nuestro Jockey Club se llamó Le Bonaparte, al pie de la casa de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Cada vez que los veíamos Greco me amenazaba con interpelarlos. Yo me enfurecía y me iba corriendo. Él vendía sus dibujos en las terrazas de los cafés, el Flore, el Deux Magots, y otra de sus amenazas era besar en la boca a Juliette Greco, porque llevaban el mismo nombre. Por suerte, ella no venía ya casi nunca al barrio, y nosotros no salíamos de él.”
Pasan un breve lapso en París su hermana Nela y su amigo Ernesto Schoó.
Con la llegada del invierno, consigue trabajo como guardarropa en La Guitare, boîte de flamenco donde cantan Leda y María: “Venían celebridades como Picasso, Miró, Jorge Guillén […] José Luis de Vilallonga, Nicolás Guillén, Georges Auric, Gary Cooper, Rita Hayworth, Gene Tierney, Olivia de Haviland, Myrna Loy... Yo envolvía en papelitos con sus correspondientes nombres las propinas de los célebres que más me gustaban, pero Greco me convencía de convertirlas en comida cuando la situación era grave.”

1956
Conoce a Pierre Boulez y  toma clases de piano con la cantante Jane Bathori, que había vivido largos años en Buenos Aires. En uno de los restaurantes que frecuenta con Greco traba amistad con Consuelo Saint-Exupéry, viuda del autor de El principito, que le permite practicar en su piano.
Entretanto, sus amigos argentinos empiezan a dispersarse. Greco se traslada a Italia y María Elena Walsh, Leda Valladares y Lalo Schriffin regresan a la Argentina. Con el pintor Carlos Courau pasa el verano en Niza donde suelen dormir a la intemperie y se alimentan con “almuerzos de sol”. Intenta vender los dibujos de Courau, pero sólo logra vender uno, de Greco. Finalmente, desalentado y preocupado por la salud de sus padres, se embarca en octubre rumbo a Buenos Aires. 

1957-1961
Sigue frecuentando asiduamente a los Bioy en su nueva casa de Posadas y Schiaffino. Vuelve a tener alumnos de piano y de francés, a estudiar con Martha Bronstein y “a devorar música en el Teatro Colón” ahora dirigido por su amigo Jorge D'Urbano.
Redacta guiones para las fotonovelas de la Editorial Abril y publica varios cuentos en la revista Claudia.
En junio de 1961 muere su madre.

1963
En enero, desconsolado por la pérdida de su mujer,  su padre se suicida arrojándose a las vías del tren. Pepe decide regresar a París, por tiempo indefinido, y el 13 de abril se embarca nuevamente en el Louis Lumière, el mismo barco en el que había cruzado el Atlántico nueve años antes.
Una vez instalado en París en un “cuarto propio con piano”, retoma sus estudios musicales.

1964-1967
Realiza los trabajos más dispares: es ordenanza en una fábrica de muebles; se emplea en un laboratorio de energía nuclear donde debe medir “el trayecto de partículas nucleares reproducidas en un film”; intenta poner un restaurante; y durante un año administra un hotel de la rue Lanneau.
Inicia su amistad con “Chichita” Singer, intérprete y traductora en la UNESCO y futura mujer de Italo Calvino.
Abandona definitivamente el piano e interrumpe la escritura de sus diarios.

1968
María Elena Walsh le dedica “Zamba para Pepe”, canción incluida en su disco Juguemos en el mundo. ¡Sos tan famoso en el interior, Pepe! –le escribe ella desde Buenos Aires--. Si supieras con qué curiosidad me preguntan por vos los adolescentes, los pichones de periodistas y los estudiantes”.
Desde París asiste, entre escéptico y divertido, a su ingreso en el imaginario popular argentino: “[La zamba] no me impulsa a volver porque yo no me he quedado solo en París, como el argentino de los tangos –declara en una entrevista realizada por su amigo Ernesto Schoó para la revista Primera Plana--, sino que tengo tantos amigos. A María Elena la quiero mucho, me ha hecho célebre y no sé por qué, no entiendo, si a mí nadie me conoce, qué cosa, ¿no?”.

1969
Se muda a la mansarda de un viejo edificio sin ascensor, en el 28 de la rue du Four, donde vivirá más de treinta años.  El departamento será uno de los lugares de peregrinación para la comunidad artística y literaria argentina en París.

1970
Publica sus primeras crónicas periodísticas –sobre María Elena Walsh, sobre el funeral del General De Gaulle— en la revista argentina Semana gráfica.
En mayo, llegan a París Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares con su hija Marta. En una de las reuniones improvisadas que organizan en el departamento de la rue du Four, les toma las primeras fotografías. Y gracias a su amistad con Italo Calvino y Chichita Singer, su mujer argentina, propicia un encuentro del escritor italiano con los Bioy: “El 1º de mayo fui a lo de Calvino y quedamos en que vendrán a casa a conocer a los Bioy porque Italo es un gran admirador de ambos —le escribe a su hermana Nela--. No sé qué pasara y nos reíamos pensándolo con Chichita, porque tanto Italo como Adolfito son muy tímidos. Después de una época en que vi mucha gente sofisticada, ver a los Bioy fue un baño de humor y de inteligencia.”

1971-1972
Comienza a trabajar como corresponsal en París para la Editorial Abril.
Toma sus primeras fotografías profesionales para ilustrar sus crónicas y artículos, que se publican mayormente en la revista Panorama.

1973
Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares regresan a París con su hija Marta y su marido Eduardo Basavilbaso, que tienen allí a su primer hijo, Florencio. Los Bioy alquilan un amplio departamento frente a la Place des États-Unis y pasan casi un año en la ciudad: “La amistad con Silvina retomó su curso como si nunca nos hubiéramos separado. Les divertía mucho venir a mi casa donde hacíamos, como ella los llamó siempre, un ‘pique-nique’, en un ambiente de algarabía”.
Ya diestro en el dominio de las cámaras, retrata a sus dos amigos: “Fue durante aquel viaje cuando logré fotografiar a Silvina con la complicidad de Adolfo. Yo apenas empezaba a hacer fotos, y en ningún momento pensé, si eran buenas, publicarlas. Hice algunas en su casa, sola y con Adolfo, y luego en la vecina Place des États-Unis. Una aventura, porque Silvina no se dejaba fotografiar casi nunca.”

1974-1977
Se afianza en el arte de la fotografía y se transforma espontáneamente en el “retratista oficial” de actores y directores de teatro, músicos y cantantes, pintores y escritores argentinos y latinoamericanos que visitan París. También desfilan ante el lente de su cámara deportistas argentinos que triunfan en Francia como Carlos Monzón o Guillermo Vilas, con quien forja una sostenida amistad.

1978
Toma la que se convertirá en su fotografía más célebre: Borges de pie en el centro de una estrella, en el vestíbulo del hotel L’Hôtel.
“Parecerá pretencioso pero es la verdad: le debo a Borges el haber iniciado una actividad ‘pública’ como fotógrafo. Desde 1977, cuando él empezó a venir regularmente a París, le hice muchas fotos por trabajo y algunas a título privado en el hotel donde vivía y en el café Les Deux Magots. De estas ‘privadas’ quedaron tomas discretas que formaban parte de la conversación”.

1979-1990
Continúa intensamente con su labor de fotógrafo: sus imágenes no sólo se publican en revistas argentinas, sino también en L’Exprés,Le Nouvel Observateur, Vogue, y otras publicaciones europeas. Además de sus retratos, que jamás realiza en estudio, y de sus coberturas periodísticas, desarrolla series de desnudos masculinos y de escenas captadas en las calles y los cafés de París.

1991
Luego de casi treinta años de ausencia, regresa a Buenos Aires en marzo invitado por Sara Facio para exponer sus fotografías en la galería del Teatro San Martín: “Un día de fines de 1990 llegó Sara Facio a París y quiso ver mis fotos. ‘Todas’, me dijo. Dudé mucho porque era una amiga y experta, pero al mismo tiempo quería su opinión, que fue: ‘Haremos una exposición en la Fotogalería del Teatro San Martín’.
”Mis raíces habían sido siempre alimentadas por el recuerdo de mi vida feliz en Argentina gracias a la amistad. El retorno fue como si un espejo me devolviera ese recuerdo entre los maravillosos árboles de la ciudad, a la que yo le llevaba las imágenes de sus grandes figuras en París: Borges, Silvina Ocampo, Adolfo Bioy Casares, María Elena Walsh, Víctor García, Susana Rinaldi, Julio Cortázar, Ernesto Schoó, Ernesto Sabato, Jorge Lavelli, María Herminia Avellaneda, Guillermo Vilas, Carlos Monzón, Astor Piazzolla...”
La muestra también se exhibe, en abril del mismo año, en Villa Ocampo (Mar del Plata).

1996
En diciembre, expone cincuenta y cinco fotografías en la embajada argentina en París: “En las paredes blancas de la galería, mi mérito como fotógrafo desapareció para mí. Sólo contaban las miradas de esos seres misteriosos porque artistas; de esos atletas como Vilas, Monzón, Piazza, Bianchi, Onnis, Zywica; de extranjeros que amaban la Argentina como Erté, Italo Calvino. Bailarines de tango del deslumbrante espectáculo Tango Argentino de Claudio Segovia y Héctor Orezzoli; de Lalo Schiffrin en la misión casi imposible de posar en Beaubourg con doce grados bajo cero. Y calles, cafés de París, el Sena.”

1998
En diciembre de 1997 viaja por última vez a Buenos Aires, donde permanece hasta febrero.  Algunos meses antes de partir de París, escribe: “Hace unos días escuché "Volver", cantado por Carlos Gardel. ¿Volver adónde, y desde dónde?”.

1999-2005
Relee y transcribe parte de sus diarios de juventud y las cartas enviadas por sus amigos.  También escribe algunos textos autobiográficos, posiblemente destinados a integrar un volumen de memorias que no llegó a concluir.  
En 2004 realiza su tercera y última exposición individual en el Centro de Arte Moderno de Madrid.

2006
Muere el 14 de julio en su departamento de la rue Du Four.  Poco después su sobrina, Mariana Grisolía Fernández, logra traer a la Argentina sus papeles y su archivo de fotografías, en el que se conservan negativos, diapositivas, copias originales, discos y libros autografeados y dedicados, diarios, correspondencias, catálogos de exposiciones, entre otros objetos de valor artístico y documental.